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Lluvia en el sureste de la península

En estos últimos días, si el transeúnte no se encuentra demasiado abstraído en sus asuntos, puede observar numerosos paraguas abandonados bajo la lluvia. El paraguas, objeto codiciado en el momento de los primeros chaparrones, se desecha sin contemplaciones una vez sufre algún desperfecto en su mango, varillas o tela. Decenas de paraguas callejeros son despreocupadamente tirados en cualquier esquina donde, una vez declarados inútiles por el usuario, permanecen a la intemperie, lloran bajo la lluvia, se ponen tristes y finalmente mueren.
Y apartas con gran esfuerzo los pliegues, baile de brazos y giros de muñecas, destapando como mantas el camino hacia la luz blanca que todo lo invade, una salida de útero silenciosa y solitaria, una primera pisada en un suelo marmóreo y frío contra la carne desnuda, en el que no hay nadie, en todo caso cobras sinuosas, reptando de loseta en baldosa con sus colas de cascabel. Si vas a tirar los dados, tienes que jugar hasta el final, aunque sea sucio y doloroso. Sanguijuelas de mil dientes libando de tu cuerpo desnudo, y yo uniendo mi boca a las suyas, recitando un mantra absurdo, producto de lengua quebrada y mente rota. Cuántos pensamientos no conservamos a causa de plasmarlos en palabras sin sentido, alimento de alimañas, bebida de murciélagos impidiendo la entrada a tu extraño organismo.
Cuatro gatitos bajo un paraguas de flores amarillas asidos al mango agazapados bajo el jardín. Cuatro gatitas bajo un balcón modernista de la Gran Vía maullando al adiós de la ciudad que se desliza por sus alcantarillas. Un miau azul. Un adiós gris. Un maullido aguamarina, sucio.