Y apartas con gran esfuerzo los pliegues, baile de brazos y giros de muñecas, destapando como mantas el camino hacia la luz blanca que todo lo invade, una salida de útero silenciosa y solitaria, una primera pisada en un suelo marmóreo y frío contra la carne desnuda, en el que no hay nadie, en todo caso cobras sinuosas, reptando de loseta en baldosa con sus colas de cascabel. Si vas a tirar los dados, tienes que jugar hasta el final, aunque sea sucio y doloroso. Sanguijuelas de mil dientes libando de tu cuerpo desnudo, y yo uniendo mi boca a las suyas, recitando un mantra absurdo, producto de lengua quebrada y mente rota. Cuántos pensamientos no conservamos a causa de plasmarlos en palabras sin sentido, alimento de alimañas, bebida de murciélagos impidiendo la entrada a tu extraño organismo.
Los fantasmas de la infancia se vuelven transparentes con los años, hasta casi desaparecer. O eso pensamos. En realidad se han ido deformando, poco a poco, renunciando a su consistencia, abrazando la incorporeidad. Extienden sus extremos y ensanchan sus fauces. Nos abrazan, nos envuelven con su translúcido cuerpo, tan invisible ya que no comprendemos cómo nuestros ojos observan tras ellos todo lo que nos ocurre en la vida, cómo tras sus manos se esconden aquellas nuestras con las que elegimos, cómo sobre nuestras emociones siempre hay una capa, fina, apenas perceptible y casi ya olvidada, que nos envuelve y que arrastramos, a veces liviana, otras convertidas en una carga insoportable. A veces uno siente la necesidad de posar sus ojos sobre letras que formen un salmo tranquilizador, una guirnalda tipográfica que pacifique nuestros sentimientos, acune nuestros sentidos, duerma nuestra alma. Asi que uno abre la Biblia hispana –no soy yo la primera que lo ha dicho- y busca en Oliveira...
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