Y apartas con gran esfuerzo los pliegues, baile de brazos y giros de muñecas, destapando como mantas el camino hacia la luz blanca que todo lo invade, una salida de útero silenciosa y solitaria, una primera pisada en un suelo marmóreo y frío contra la carne desnuda, en el que no hay nadie, en todo caso cobras sinuosas, reptando de loseta en baldosa con sus colas de cascabel. Si vas a tirar los dados, tienes que jugar hasta el final, aunque sea sucio y doloroso. Sanguijuelas de mil dientes libando de tu cuerpo desnudo, y yo uniendo mi boca a las suyas, recitando un mantra absurdo, producto de lengua quebrada y mente rota. Cuántos pensamientos no conservamos a causa de plasmarlos en palabras sin sentido, alimento de alimañas, bebida de murciélagos impidiendo la entrada a tu extraño organismo.
Imaginemos a un hombre
Imaginemos a un hombre que ha dejado atrás a sus viejos amigos, un hombre que ha traicionado a su pareja (o que tal vez ha sido traicionado por ella) y cuya familia (que se reduce al núcleo más cercano) ha muerto hace ya varios años. Imaginemos, en definitiva, un hombre solo, abandonado por todos y alejado de todo aquello que alguna vez amó o podrá amar. Pensemos en un hombre que, en la cumbre de su madurez y en la antesala del descenso a la vejez, se encuentra por completo despojado de aspiraciones y sueños. Antaño su corazón era un cazador voraz, proclive a delirios de todo tipo, pero el tiempo le ha transformado en un animal desprovisto de instintos, una presa indolente y, sin embargo, en cierto sentido es más libre de lo que nunca fue cuando amaba, pues jamás volverá a sentirse limitado por obstáculos como el miedo y la inseguridad. Tampoco tropezará nunca más con el dolor, porque la inexistencia de vínculos con el exterior imposibilita toda dialéctica entre el deseo y el fracaso....
Comentarios
Publicar un comentario