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La canción del oeste

Jinete sin cabeza, jinete como un niño buscando entre rastrojos llaves recién cortadas, víboras seductoras, desastres suntuosos, navíos para tierra lentamente de carne, de carne hasta morir igual que muere un hombre. A lo lejos una hoguera transforma en ceniza recuerdos, noches como una sola estrella, sangre extraviada por las venas un día, furia color de amor, amor color de olvido, aptos ya solamente para triste buhardilla. Lejos canta el oeste, aquel oeste que las manos antaño creyeron apresar como el aire a la luna; mas la luna es madera, las manos se liquidan gota a gota idénticas a lágrimas  Olvidemos pues todo, incluso al mismo oeste; olvidemos que un día las miradas de ahora lucirán a la noche, como tantos amantes, sobre el lejano oeste, sobre amor más lejano. Luis Cernuda (España-1902) De “Un río, un amor”

Septiembre

Es Septiembre el mes más cruel, el ocaso del verano, la ineluctable aproximación de la caída, la procesión descendente de las hojas caducas. No como el humo, ni las burbujas, ni siquiera la espuma. Es la trayectoria tristemente titubeante de la hoja que se resiste a ser depositada en el suelo, y después, arrollada por los coches, arrastrada por un barrendero hacia un oscuro interior de plástico. Es Septiembre el mes más cruel, la caída del héroe, la atalaya desde la que se avecina la llegada del desencanto, los poemas sobre el mar, la ruptura de las olas contra los acantilados.
Cuando te busqué di contigo en una lista de excluidos de ayudas de material peligroso, libros, para qué más, ya tenías bastantes historias con que prender tu juego donde ardían tus mentiras, las que consumían el poco oxígeno que nos permitías a los demás.

Berlín es

Berlín es una ciudad histórica, moderna y ecléctica, pero también un lugar oscuro, pobre y sexy. En el oeste de lo que podríamos considerar la parte interesante de la ciudad, se extiende el residencial barrio de Charlottenburg, una de las zonas más aburridas de la ciudad, hasta alcanzar la enorme extensión central ocupada por el Tiergarten, el gigantesco parque berlinés que contiene el zoo más famoso de la ciudad en cuyos alrededores se prostituyeron decenas de niños al terminar la segunda guerra mundial. Zoologisher Bahnhof, la estación del zoo es el lugar de paso de varias líneas de U-Bahn y S-Bahn, los dos tipos de metro que comunican la gran capital alemana bajo y sobre tierra, atravesando constantemente de este a oeste como si el muro nunca hubiese existido en el reino del transporte público. Detrás de la estación se encuentra el museo Helmut-Newton de Fotografía, con exposiciones de diversas temáticas, entre ellas fetiches de la moda, fotografías de peligrosos delincuentes nort...

El nuevo

No recuerdo cómo lo hacíamos hasta entonces, pero sí el momento en que apareció el nuevo electrodoméstico. Un día, mi madre vino a recogerme al colegio en coche, y allí estaba él, muy quietecito, ocupando uno de los asientos traseros del coche -el contiguo al mío-. Era muy cuadriculado y decían que no se le podía mirar a la cara mientras funcionaba. Años más tarde, aquel primer microondas se quemó a lo bonzo, triste por haber sido relegado a un piso donde se le alimentaba principalmente de congelados. Aquello desencadenó, eso sí, una oleada de solidaridad doméstica. Entre los actos más vandálicos cabe destacar el descuajaringamiento del mango de la ducha y la huelga de centrifugado de la lavadora, ambas protestas premeditadamente llevadas a cabo en horas punta de la actividad doméstica.

Lluvia en el sureste de la península

En estos últimos días, si el transeúnte no se encuentra demasiado abstraído en sus asuntos, puede observar numerosos paraguas abandonados bajo la lluvia. El paraguas, objeto codiciado en el momento de los primeros chaparrones, se desecha sin contemplaciones una vez sufre algún desperfecto en su mango, varillas o tela. Decenas de paraguas callejeros son despreocupadamente tirados en cualquier esquina donde, una vez declarados inútiles por el usuario, permanecen a la intemperie, lloran bajo la lluvia, se ponen tristes y finalmente mueren.
Y apartas con gran esfuerzo los pliegues, baile de brazos y giros de muñecas, destapando como mantas el camino hacia la luz blanca que todo lo invade, una salida de útero silenciosa y solitaria, una primera pisada en un suelo marmóreo y frío contra la carne desnuda, en el que no hay nadie, en todo caso cobras sinuosas, reptando de loseta en baldosa con sus colas de cascabel. Si vas a tirar los dados, tienes que jugar hasta el final, aunque sea sucio y doloroso. Sanguijuelas de mil dientes libando de tu cuerpo desnudo, y yo uniendo mi boca a las suyas, recitando un mantra absurdo, producto de lengua quebrada y mente rota. Cuántos pensamientos no conservamos a causa de plasmarlos en palabras sin sentido, alimento de alimañas, bebida de murciélagos impidiendo la entrada a tu extraño organismo.